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Juegos de verano


No sé por qué será. Es decir, bien que en el año uno también podría hacerlo. Están los fines de semana. Pero no. Resulta que existen juegos que parecen reservados para la temporada estival: una carioca, una generala o incluso una simple Casita Robada parecen incompatibles con nuestra vida desde marzo hasta diciembre, pero pasan a ser constitutivas de un verano que se precie de tal. Como si estar en otro lugar nos recordara que no es necesario "llenar" nuestro tiempo con cosas sino que se puede disfrutar de una sereno paréntesis mientras se decide si se le anotan 2 al 1 o se tacha la doble. La magia de esos momentos consiste en descubrir -más no sea por un breve y fugaz momento- que uno recarga las pilas justamente cuando se aleja de todo aparato que se enchufe. Y entonces decide que durante el año se juntará alguna vez a jugar al Carrera de mente (Edición aniversario) con amigos. "Este año sí" se dice. Y después, bueno, este año tampoco. Pero no importa, de hecho nada más importa mientras ahora decida de una buena vez qué va a hacer, si anotarse 2 al 1 o tacharse la doble, que estamos esperando.

La cosa es que, aprovechando este reverdecer del instinto lúdico, diarios, revistas y pasquines sacan suplementos con juegos de todo tipo ideales para resolver en una reposera con el ceño fruncido mientras se intenta no perder la vista por el flamígero reflejo del sol en la blanca hoja; proliferan en esta época las pelotas infladas, ya sea porque fueron un regalo de Navidad; ya porque venían con un diario, revista o pasquín; ya porque estaban en una baulera desde que fueron regaladas la Navidad pasada (o el verano pasado por un diario, revista o pasquín) o quizás porque es el tercer pelotazo que le pegan mientras se encuentra tendido tratando de tomar sol.

Pero todos estos juegos de verano fallan en una cosa: no tienen en cuenta que usted no está de vacaciones.

No, no. Usted lee estas líneas desde una oficina alfombrada con vista al edificio de enfrente. Y se siente excluído, dejado de lado, un poco envidioso y ligeramente molesto. Promete venganza aunque sea lo último que haga ("lo último que haga" repite, agitando el puño como Gargamel) Pero no se preocupe. Aflójese el nudo de la corbata. Y ya que estamos desate el otro extremo de la corbata del ventilador de techo. Ahora bájese del banquito y escúcheme. MiB, siempre atento a las demandas de los trabajadores (o "gente con capacidades de esparcimiento diferenciadas"), saca la primera edición de los


"JUEGOS DE VERANO PARA GENTE QUE NO SE FUE DE VACACIONES"


No, de nada. De nada.


1) EL PRODE TARIO: Sobre una lista de frases que se repiten recurrentemente, marque cada día las 3 que considera que más escuchará ese día. Pongase un premio por acertar, como ser un kilo de helado o un gin tonic con picada. Sí, el premio lo deberá comprar usted, pero aun así le pone pimienta al asunto.

Adjuntamos una grilla con frases de muestra:

- ¡Qué calor que hace!

- Así no se puede estar.

- ¿Qué hiciste para las fiestas?

- No somos nada.

- Esto sólo pasa en Argentina.

- ¿Sabés como es la cosa?


2) CARRERAS URBANAS: un clásico. Alejandro Dolina ha confesado ser un fanático de ellas, aunque no nos consta que todas las realice en verano (en realidad ni siquiera nos consta que realice alguna en verano, pero no me escupa el asado)

Mientras camina por la calle, identifique alguna persona que camine relativamente cerca suyo. Luego tome un punto de referencia (una esquina, un cambio de baldoza, un kiosko de diarios) y propóngase pasar a la persona antes de llegar a ese punto. Usted puede acelerar el paso, pero no se le permite correr.


3) LA RULETA RUSA: posicionese en el outlook. ¿Ya está? Bien, ahora ponga la dirección de su jefe en el destinatario y escriba el siguiente mail:


Estimado jefe,

sus dotes de conducción son las de un organismo unicelular y dudaría de su sexualidad si no fuese porque la cara de imbécil que tiene no me deja pensar en el tema.

Saludos cordiales,



Su nombre (no, no ponga "su nombre" sino su nombre)


Ahora tome el mouse pad y arroje el mouse para arriba. Cliquée donde cayó. Y espere que no haya sido sobre el botón "enviar". El vértigo total. El bungee jumping oficinístico. También el motivo de un posible despido con causa.


4) DAR DOS: ideal para grandes empresas. Para dos o más jugadores. Por turnos, los jugadores deberán enviar un mail sin contenido específico (Puede ser simplemente un "¿vos estás siguiendo tal tema?" o "¿a quién hay que consultar para X cosa?". Solamente recomendamos que tal tema y X cosa estén muy lejos del área de influencia de la persona a quién se le manda el mail) a destinatarios elegidos. Gana el que recolecta la mayor cantidad de avisos de "Fuera de oficina".

El juego recibe su nombre de las explicaciones que se deben dar: una al destinatario del mail sin sentido y otra al de Recursos Humanos, por su extraño comportamiento de mandar tantos mails sin sentido.


5) SURVIVOR: salga de su casa con un presupuesto ínfimo. Digamos, $3,50. Ingeniselas para arreglarse con ese presupuesto para todo su día. Llegué al trabajo gratis tomando colectivos que lo acercan y preguntando si van a otra parte o haga dedo en plena Avenida Rivadavia; vaya a un restaurant y consulte el menú mientras vacía los panes y grisines de la panera para hacer como que cambia de opinión y gestar su salida. Sobreviva un día en la famosa 'jungla de cemento'. Y además recupérese económicamente del premio del Prode tario.



Bien, hasta aquí llega la primera entrega. Seguiremos con más cuando...un momento...¿Hola? ¿como andás? ¿se confirmaron los pasajes? Listo, listo. Buenísimo. Chau.


Me voy de vacaciones, cúrtanse.

Reflexiones desde la orilla



Acápite: Reflexiones de una mente perturbada pero en reposo, desde la orilla de una playa cualquiera en un sitio cualquiera.



Buenas noches:

Año nuevo, tema nuevo. Dejemos de lado miserias y miserables hasta el fin de la temporada estival, y tratemos de hacer foco en cuestiones más triviales. Es cierto que esta no es una regla impuesta a látigo por el líder supremo de este espacio, pero a mí, simple titular de sección, condenado a sudar la jornada completa en condiciones insalubres y con un sueldo vil, me parece lo más justo para todos. No sé qué opinarán ustedes, aunque para serles del todo franco –y considerando las desventajas personales que acabo de describir- me importan un rábano las quejas o adhesiones que pueda generar con mi decisión.

Así las cosas, pasemos a lo nuestro.

Sepan ustedes que en este preciso instante me encuentro disfrutando de unas merecidas vacaciones. O licencia sin goce de sueldo, como le gusta llamarlas al líder supremo. O calvo explotador, como nos gusta llamarlo a nosotros. O bandada de esclavos irreverentes, como le gusta llamarnos a él.

Al calvo explotador, digo.

Desde mi humilde punto de vista, las vacaciones no son vacaciones si en la localidad elegida no hay arena y mar. Y con las licencias sin goce de sueldo me ocurre exactamente lo mismo. Por lo tanto he roto el chanchito y aquí estoy, con mi silla enclavada en la orilla, un libro no muy profundo y un montón de boletas que intentaré disfrazar a lo largo del año para que eludan el olfato del contador del blog adquiriendo forma de gastos administrativos, de gestión o sandeces por el estilo. Ya veremos con qué suerte.

La playa, estimados lectores, es un auténtico templo de desinhibición. Una hoguera de vanidades desarrolladas hasta el punto de provocar una desconexión absoluta entre la mente y el sentido del ridículo. Un sitio en el que algunas personas abandonan los filtros individuales y sociales para que se derritan al calor del sol sin cremas protectoras de ninguna especie. Un antro de perdición.

“Encima de que se desparrama en la orilla para dedicarse a la observación minuciosa de curvas y contra curvas ajenas a su círculo íntimo, tiene el tupé de valorar a sus víctimas con aires de crítico cinematográfico”, dirán ustedes un tanto indignados y con evidentes signos de no haber identificado claramente el tema que deseo abordar.

“Calma”, diré yo, que de tan relajado ya se me fueron hasta las ganas de insultar.

No me refiero –en este caso- a esas señoritas que dedican el año a moldear los detalles más ínfimos e íntimos de su físico (ya de por sí escultural) con el objeto de exhibirlo sin tapujos ni bien pisan la arena de tibia. No. No me atrevería a realizar apreciaciones negativas –ni siquiera irónicas- acerca de ese modo de vida. Así que guarden los cascotes para una mejor ocasión, que seguro la habrá.

Estoy hablando de bikinis donde debería haber mallas enterizas. De la vieja y querida zunga (o narigona) donde tendría que haber un pareo. De sombreros en clara desproporción con la persona que los luce (o con otros sombreros considerados aisladamente). De colores estridentes en territorios más propicios para los grises. De pozos sobreexpuestos. De prendas acordes con la moda playera vigente, aunque absurdamente reñidas con la estación en curso. Etcétera.

Todo eso observo yo mientras la silla se me hunde en la arena húmeda de la orilla. Y es que mi mirada tiende a posarse en el exabrupto. Se aferra al grotesco en desmedro de la elegancia, y puesto frente a tanto material de análisis se me instala una tenue sonrisa en el rostro. Una sonrisa que se parece más a una mueca, y que delata ante mi círculo más íntimo el verdadero tenor de mis pensamientos, habilitando de esa forma el camino de la censura.

“¿Y por qué la censura?”, se preguntarán ustedes, que han decidido no arriesgar más interpretaciones.

Verán, resulta que alguna gente que me rodea y que no deseo mencionar en este momento opina que bien podría usar yo una malla enteriza en tren de disimular algunas –solo algunas- de mis tantas imperfecciones. Que antes el divorcio que una zunga. Que las adecuadas proporciones de mi sombrero no redimen lo ridículo de su forma. Que mis grises son solo una muestra de piedad hacia los seres que me cruzan dentro de su campo visual. Que si de pozos se habla poseo un doctorado. Y que mis prendas no estarán reñidas con la estación en curso, pero sí lo están con el año, si no con la década.

En fin… como dije al principio de este artículo, no sé qué opinarán ustedes, aunque para serles del todo franco –y considerando las desventajas personales que acabo de describir- me importan un rábano las quejas o adhesiones que pueda generar con mis pensamientos. Aquí soy el jefe de la sección, y aunque me den licencia sin goce de sueldo en lugar de mis merecidas vacaciones, conservo la absoluta libertad de decir lo que me venga en gana. Excepto la palabra prohibida, claro está. Pero eso no lo puede decir nadie. Ni siquiera el líder supremo. O el calvo explotador, como nos gusta llamarlo a nosotros. O hatajo de malhablados improductivos, como le gusta llamarnos a él cuando no nos llama bandada de esclavos irreverentes.


Tengan ustedes muy buenas noches.