Juegos de verano
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Reflexiones desde la orilla

Acápite: Reflexiones de una mente perturbada pero en reposo, desde la orilla de una playa cualquiera en un sitio cualquiera.
Buenas noches:
Año nuevo, tema nuevo. Dejemos de lado miserias y miserables hasta el fin de la temporada estival, y tratemos de hacer foco en cuestiones más triviales. Es cierto que esta no es una regla impuesta a látigo por el líder supremo de este espacio, pero a mí, simple titular de sección, condenado a sudar la jornada completa en condiciones insalubres y con un sueldo vil, me parece lo más justo para todos. No sé qué opinarán ustedes, aunque para serles del todo franco –y considerando las desventajas personales que acabo de describir- me importan un rábano las quejas o adhesiones que pueda generar con mi decisión.
Así las cosas, pasemos a lo nuestro.
Sepan ustedes que en este preciso instante me encuentro disfrutando de unas merecidas vacaciones. O licencia sin goce de sueldo, como le gusta llamarlas al líder supremo. O calvo explotador, como nos gusta llamarlo a nosotros. O bandada de esclavos irreverentes, como le gusta llamarnos a él.
Al calvo explotador, digo.
Desde mi humilde punto de vista, las vacaciones no son vacaciones si en la localidad elegida no hay arena y mar. Y con las licencias sin goce de sueldo me ocurre exactamente lo mismo. Por lo tanto he roto el chanchito y aquí estoy, con mi silla enclavada en la orilla, un libro no muy profundo y un montón de boletas que intentaré disfrazar a lo largo del año para que eludan el olfato del contador del blog adquiriendo forma de gastos administrativos, de gestión o sandeces por el estilo. Ya veremos con qué suerte.
La playa, estimados lectores, es un auténtico templo de desinhibición. Una hoguera de vanidades desarrolladas hasta el punto de provocar una desconexión absoluta entre la mente y el sentido del ridículo. Un sitio en el que algunas personas abandonan los filtros individuales y sociales para que se derritan al calor del sol sin cremas protectoras de ninguna especie. Un antro de perdición.
“Encima de que se desparrama en la orilla para dedicarse a la observación minuciosa de curvas y contra curvas ajenas a su círculo íntimo, tiene el tupé de valorar a sus víctimas con aires de crítico cinematográfico”, dirán ustedes un tanto indignados y con evidentes signos de no haber identificado claramente el tema que deseo abordar.
“Calma”, diré yo, que de tan relajado ya se me fueron hasta las ganas de insultar.
No me refiero –en este caso- a esas señoritas que dedican el año a moldear los detalles más ínfimos e íntimos de su físico (ya de por sí escultural) con el objeto de exhibirlo sin tapujos ni bien pisan la arena de tibia. No. No me atrevería a realizar apreciaciones negativas –ni siquiera irónicas- acerca de ese modo de vida. Así que guarden los cascotes para una mejor ocasión, que seguro la habrá.
Estoy hablando de bikinis donde debería haber mallas enterizas. De la vieja y querida zunga (o narigona) donde tendría que haber un pareo. De sombreros en clara desproporción con la persona que los luce (o con otros sombreros considerados aisladamente). De colores estridentes en territorios más propicios para los grises. De pozos sobreexpuestos. De prendas acordes con la moda playera vigente, aunque absurdamente reñidas con la estación en curso. Etcétera.
Todo eso observo yo mientras la silla se me hunde en la arena húmeda de la orilla. Y es que mi mirada tiende a posarse en el exabrupto. Se aferra al grotesco en desmedro de la elegancia, y puesto frente a tanto material de análisis se me instala una tenue sonrisa en el rostro. Una sonrisa que se parece más a una mueca, y que delata ante mi círculo más íntimo el verdadero tenor de mis pensamientos, habilitando de esa forma el camino de la censura.
“¿Y por qué la censura?”, se preguntarán ustedes, que han decidido no arriesgar más interpretaciones.
Verán, resulta que alguna gente que me rodea y que no deseo mencionar en este momento opina que bien podría usar yo una malla enteriza en tren de disimular algunas –solo algunas- de mis tantas imperfecciones. Que antes el divorcio que una zunga. Que las adecuadas proporciones de mi sombrero no redimen lo ridículo de su forma. Que mis grises son solo una muestra de piedad hacia los seres que me cruzan dentro de su campo visual. Que si de pozos se habla poseo un doctorado. Y que mis prendas no estarán reñidas con la estación en curso, pero sí lo están con el año, si no con la década.
En fin… como dije al principio de este artículo, no sé qué opinarán ustedes, aunque para serles del todo franco –y considerando las desventajas personales que acabo de describir- me importan un rábano las quejas o adhesiones que pueda generar con mis pensamientos. Aquí soy el jefe de la sección, y aunque me den licencia sin goce de sueldo en lugar de mis merecidas vacaciones, conservo la absoluta libertad de decir lo que me venga en gana. Excepto la palabra prohibida, claro está. Pero eso no lo puede decir nadie. Ni siquiera el líder supremo. O el calvo explotador, como nos gusta llamarlo a nosotros. O hatajo de malhablados improductivos, como le gusta llamarnos a él cuando no nos llama bandada de esclavos irreverentes.
Tengan ustedes muy buenas noches.







