Los cuentos y fábulas que nos contaron cuando éramos niños tienen un final cerrado. ¿Nunca se ha preguntado, estimado lector, qué pasó después con sus protagonistas? ¿Será verdad que fueron felices para siempre? ¿Qué efectos tiene sobre la salud una dieta consistente exclusivamente de carne de perdiz? ¿Los jueces nada tienen que decir sobre las evidentes infracciones a las leyes que cometen los duendes, enanos, príncipes, brujas, hadas,lobos y ogros? ¿Qué secuelas emocionales produce en una jovencita el hecho de ser obligada a convivir con siete deformes degenerados? Intentaremos echar un poco de luz sobre tan oscuros asuntos, en esta sección no apta para aquellos menores que todavía no han desarrollado un saludable cinismo. La Bella Durmiente.
Los hechos: Los Reyes de un reino no identificado festejan el nacimiento de su primera hija. Por errores de protocolo o complicaciones logísticas, no le llega la invitación al convite a un hada madrina rencorosa, que de todas maneras se presenta y encanta (en el sentido de "lanzar un encantamiento", no en el de "esto me gusta una barbaridad") a la recién nacida Princesa, de manera que si algún día se pinchara un dedo con un primitivo dispositivo para hilar, se quedaría dormida durante cien años, hasta que un príncipe la viniera a despertar con un beso. A pesar de las precauciones que se toman para evitarlos, dichos acontecimientos se producen. El Príncipe y la Princesa se casan, y son felices, y comen perdices, y mí no me dieron porque yo no quise. Fin.
Diez años después, encontramos al ex-Príncipe viviendo en un departamento alquilado de dos ambientes, planta baja, contrafrente, bajas expensas. Este es su testimonio:
"No, si yo más tarambana no pude ser", nos dice mientras calienta agua para el té en un jarrito de aluminio medio abollado. "Caí como un chorlito". "Resulta que los de los cien años, el hada madrina y el hechizo eran todo un
bluff, la
muy princesa (dice esto como mordiendo las palabras) se había comido un puré de
Valium para hacerse la embrujada"
Le preguntamos para qué, entonces, se había inventado la historia. Así, se lo preguntamos:
-¿Entonces para qué se inventó la historia?
-Para sacarme plata, por supuesto. El Reino de la
Princesa (otra vez las palabras mordidas) estaba hasta las verijas de deudas. Los Reyes no tuvieron mejor idea que casar a la nena con algún papanatas con plata para tapar los agujeros. ¿Y quién era el candidato indiscutible al premio del botarate del año? (levanta la mano). Mire, no le voy a mentir. La nena estaba buenísima. Parecía un angelito, ahí, durmiendo el sueño de los potentemente sedados. Y caí, caí por esos ojos soñadores. Esos ojos de sueño, en todo caso.
-¿Qué pasó después?-preguntamos al tiempo que rechazamos cortésmente un trozo de pan duro.
-Bueno-, dice el ex Príncipe, mientras toma de una lata medio oxidada un saquito de té bastante batallado y lo introduce en el jarrito con agua caliente- pasó que mi papá se jubiló, y yo quedé como Rey, y me casé con la dormilona.
-¿Usted fue Rey?-preguntamos, porque esa parte del cuento no la habíamos leído.
-Sí, ¡El Rey de los papafritas!-contesta el ex-Rey, con una especie de amargura alegre, si eso fuera posible.
-Fui Rey, continúa, y la
Princesa (vuelve el tono masticatorio) fue Reina. Y entonces, como es la costumbre, mi reino y el de ella se unificaron. Y ahí empezaron los problemas. Porque la siestita no había durado cien años, pero las deudas sí. Cuando comenzaron a llegar las facturas, empecé a preguntar y la muy zorra me decía que no sabía, que había estado durmiendo. ¿Sabe lo que es el interés compuesto aplicado a una deuda de un siglo? Yo tampoco sabía, pero aprendí de golpe.
El ex Rey nos ofrece una taza mellada conteniendo un liquido apenas coloreado. Lo aceptamos para no parecer descorteses, pero no lo bebemos.
-Me gasté todo el tesoro pagando los platos rotos de los parientes de la
Princesa (juraríamos que en esta ocasión se partió un diente al mencionarla). Y cuando se acabó, tuve que aumentar los impuestos. El pueblo se puso un poco nervioso.
-Bueno,-decimos, más que nada para evitar tomarnos el brebaje porque advertimos que una mosca está nadando estilo libre en nuestra taza-pero el reino unificado era más grande, había más contribuyentes...
-¡Ja!-medio ríe, medio grita el ex monarca-¡Contribuyentes! ¡Una manga de secos, eran! ¡Si los dabas vuelta no se les caía ni la caspa!. No, no, si era un flor de regalito, el reino de la
Princesa. (ahora sí, se lleva la mano a a la mandíbula y escupe algo, estamos seguros de que fue una muela).
-Para colmo, -continúa-la
Prin...(un rictus de dolor recorre su rostro)..la
Reina, (hace un gesto consistente en cerrar un puño manteniendo el pulgar estirado, y se lleva el pulgar a la boca, con el meñique algo elevado).
-¿Se chupaba el dedo?-preguntamos.
Nos mira por un rato. Sacude la cabeza. Prosigue.
-Quiero decir que bebía como un cosaco. No como cualquier cosaco. Como un cosaco al cual sus compañeros cosacos le dicen "¿Vladimir, no crees que ya fue suficiente vodka?", y Vladimir les contesta cosas relacionadas con
balalaikas y
mujiks y
San Petesburgo y sigue bebiendo. Y todo en ruso.
-Ah, disculpe. Continúe, por favor.-lo animamos.
-En fin, no hay mucho más que contar. El pueblo se hartó y organizó una revolución, me destituyeron y me perdonaron la vida gracias a mi padre que intercedió por mí. Pero me exiliaron. Y cuando volvía de negociar las condiciones del exilio, la muy zorra se había fugado con mi
Gran Chambelán. Llevándose de paso todo lo que quedaba en el palacio, desde las obras de arte hasta la vajilla, pasando por las tapitas de la luz y las tablas de los inodoros. Yo me vine acá y conseguí un trabajo en una obra infantil, hago de Príncipe Verde, aprovecho el vestuario que ya tenia. El director está muy contento, dice que tengo el
fisique du rol.-¿Y..qué paso con...?-no nos atrevemos a nombrarla.
-Me enteré por un amigo que trabaja en un hotel en las Bermudas que está allá, con el traidor del Chambelán y sus padres, que por supuesto no habían muerto hacía muchos años como me hizo creer. Dándose la gran vida. Y antes de que me pregunte ya averigüé, no hay tratado de extradición.
En realidad, no le íbamos a preguntar. No sabemos lo que significa un
tratado de extradición.Nos despedimos del depuesto monarca con la promesa de volver a visitarlo, y de llevar a nuestros sobrinos a ver la obra (
El Príncipe Verde y las Recuperadoras de Materiales Reciclables, se llama, parece que es uno de esos bodrios con mensaje ecológico)
Cuando vamos saliendo, nos pide unos pesos.
-Para los chicos -nos dice.
No tenemos cambio.
Buenas noches