William Dan Alzheimer
A través de los 34 discos registrados a lo largo de su carrera, este osado intérprete reversionó clásicos de géneros tan disímiles como el tango, el folklore, la salsa, el ballenato, el rock, el pop, el reggae, el heavy metal, la ópera y hasta alguna que otra composición de música infantil. También se animó a meterse con la poesía, algunos cuentos del siglo XIX y hasta guiones de series televisivas. Según el propio músico "todo podía ser corregido" y arrancado de los brazos de la inhibición, desandando así el camino de lo “políticamente correcto”.
Para graficar esta práctica, un buen ejemplo es la adaptación de la letra del clásico de Moris El Oso, al cual Valdivia supo meter mano dando rienda suelta a su derrotero de procacidad:
"Algunos me consideraban un iluminado. Otros en cambio me decían que estaba enfermo, que tenía la cabeza podrida", se sincera Valdivia del otro lado del teléfono, para luego aclararnos que no cuenta con mucho tiempo para extenderse en esta entrevista. "Yo sólo quería cambiar algo, quería cambiar lo que ya estaba escrito, porque cada vez que sonaba una melodía, mi cabeza la codificaba de otra manera", se esfuerza por explicar, para luego hacer un salto abismal hacia los beneficios que le deparó tamaño emprendimiento: "Era Gardel. Gardel y Le Pera juntos. Tenía éxito, mujeres, dinero... todo lo que un hombre puede soñar... y todo gracias a esa facilidad para la rima escatológica que tanto me ha caracterizado", confiesa con tono sereno. Y agrega: "Siempre fui un inconformista, desde chiquito. Y también una luz para las asonancias groseras. Me acuerdo que en la escuela, para hacerme el gracioso, le cambiaba la letra a las canciones patrias, a los guiones de los actos y vivía inventándole rimas a mis compañeros. Sobre todo a Gasulo y a Del Prete. Los volvía locos, pobres..."
Y vaya si Valdivia era una luz. Luego de tres decenas de trabajos, Ricardo Orestes Valdivia da el golpe de gracia y en un disco cuádruple consigue cargar contra los temas más emblemáticos del rock nacional, destacándose, entre otros, La Rubia Tarada (vení que la tengo [piiiiiiiiiii]) y El 38 (el [piiiiiiiiiii] te abrocho), sobreviniendole, con este material, el esperado reconocimiento a nivel mundial. Este sería, sin embargo, un punto de inflexión en su vida. Como suele ocurrir en muchos casos, el exceso de fama y la rutina comenzaron a abrumar.
“En un momento quise cambiar, renovarme, probar con un nuevo nombre artístico. Yo ya era conocido como Ricardo Valdivia, pero no me convencía. Buscaba algo más imponente, algo con lo cual sentirme identificado y que identificara también a mi obra. Recuerdo que las opciones que propuse eran Rizzo, Ronga y Talarga. A los capos de la grabadora no se los veía muy convencidos, pero estaban dispuestos a cumplirme el capricho. ¡Y me lo cumplían, eh! A ellos no les importaba mientras mis discos se siguieran vendiendo, pero cuando les aclaré que también quería anteponer el ‘Cacho’ como nombre de pila, la idea no les gustó demasiado. Ahí comprendí que debía hacer un parate y oxigenarme un poco”, recuerda con un dejo de frustración.
Los registros de los años siguientes no son muchos, y los pocos existentes muestran al trovador sumido en un profundo silencio, sin demasiadas apariciones públicas y recluido en su hogar, fuera del estudio de grabación y de los escenarios. Sólo un breve álbum de música incidental para películas pornográficas -que le valdría seis nominaciones al premio Mechun Fierro del año 1972- titulado Oh God! Oh Yeah! se le conocería durante ese período de ostracismo.
“Me agarré un metejón bárbaro con una naifa que conocí en un prostíbulo de San Telmo. La veía todos los días, con decirte que la música pasó a un segundo plano. La mina me pegó fuerte. Y también una gonorrea tremenda que me complicó la sífilis que venía combatiendo. Las enfermedades venéreas en sí son complicadas, imagínese dos juntas... Me dijeron que dejan secuelas neuronales. Estuve cinco meses en tratamiento. Los de la discográfica me hicieron a un lado, me desecharon vaya uno a saber por qué estúpida razón o prejuicio. Después de eso perdí el tren”, remarca Valdivia al tiempo que comienza a tararear las estrofas de No voy en tren, voy en avión, de Charly García, y se anima a ensayar una improvisada rima utilizando la frase ‘si te acostás con Norma, tenés que usar condón’, notoriamente resignado, como quien sabe que su don ya no es el mismo.
Hasta la próxima.















