No te hagas tanta mala sangre, Dorotea

Los perros son seres humanos
Lalo Mir





No te hagas tanta mala sangre, Dorotea. Fijate en Cachito. Si, en Cachito, tu perro. Mirá lo que hace. Quizás sepas que ese instinto de lobo que lleva adentro, a pesar de los siglos que llevamos domesticando perros lo lleva a hacer lo que hace. Porque si bien las ciudades y sus ventajas tienen muchos años de historia, la evolución de las especies tiene muchos más. Todos sabemos que los hábitos son aquellas cosas que podemos hacer sin pensar en ellas, y los hábitos que nos impone el instinto no son una excepción.  no se pierden fácilmente. Fijate bien: si le gusta dar vueltas antes de ubicarse  en un lugar, Cachito no sabe ni sabrá nunca que la costumbre le viene de cuando a sus ancestros le servía para para ponerse a resguardo de ser el plato principal de alguna fiera que podría estar acechándolos. Si se encuentra con otro perro, vas a ver que invariablemente lo primero que hacen es olisquearse el tujes y tampoco saben bien para qué es que lo hacen, pero en cuanto tienen oportunidad, ¡zás! ahí se están dele olerse el uno al otro. Con todo detalle, a conciencia ¿vos creés que les gusta oler mierda? Seguro que no, pero algo dentro les dice que tienen que hacerlo y ni se les pasa por la cabeza que podrían elegir no obedecer a esa orden. ¿Me vas entendiendo?

En fin, querida, a lo que voy es que no deberías amargarte tanto si te rompieron un jarrón con la pelota. Les gusta correr atrás de la pelota por algún instinto ancestral y para ellos es un mandato irresistible. Eso que quizás alguna vez les sirvió para la subsistencia hoy no pasa de un mero entretenimiento pero está impreso en sus genes que es lo que deben hacer y no pueden negarse a ello. Animalitos de Dios. Es así. Aceptalo con el nene y el  inmaduro de tu marido y su manía con el "fútbol de interiores" como aceptás las costumbres de Cachito. Es más sano, vieja.

En pareja

Segunda emisión del programa de cable sobre sexología y terapia de parejas conducido por los licenciados Etelvina L’Acciotta y Carlos Ever Gatiessa, un matrimonio de profesionales con amplia trayectoria y renombrada experiencia en el tratamiento de problemas conyugales.

Si se perdió el primer programa, puede verlo AQUI.

(Música suave de fondo. Las luces del estudio comienzan a elevar lentamente su intensidad. Plano general de los licenciados que se encuentran de pie, mirando a cámara. Por detrás, el decorado que simula una especie de living, muy elegante).

Lic. L'Acciotta (con amplia sonrisa): Hola hola ¿Como están? Bienvenidos a nuestro segundo programa de "En pareja" y muchas gracias por acompañarnos (Mira a su colega) ¿Como estás Carlos?

Lic. Gatiessa (también muy sonriente): Que tal Etelvina. Muy bien, muy bien. Feliz de estar aqui nuevamente.

Lic. L'Acciotta: Bueno, fantástico. Si te parece, comencemos ya mismo con el programa ¿Si?

El Lic. Gatiessa mira a cámara y toma aire como para responder, pero no llega a decir nada porque la licenciada sigue hablando ella y lo deja pagando.

Lic. L'Acciotta (mirando a cámara sin dejar de sonreir): Hoy vamos a tratar un tema por supuesto muy interesante y también podríamos decir algooo... picante, ¿verdad Carlos? (lo mira y le sonríe buscando complicidad. El licenciado la mira muy serio y sin decir una palabra. A ella se le borra la sonrisa de golpe porque su colega no le devuelve el centro. Le sostiene la mirada unos segundos y prosigue)... Bien... (vuelve a mirar a la cámara pero ya un poco mas seria )... como decía, el tema del que hoy vamos a ocuparnos es el de la infidelidad. Algo que, sin dudas, a todos nos preocupa y mucho, en especial si estamos llevando adelante una relación, y fundamentalmente en aquell...

Lic. Gatiessa (interrumpe medio en voz baja y mirando al piso): Y si... Es medio difícil ser infiel si uno no está en una relación... 

Lic. L'Acciotta (clavándole la mirada): Perdón ¿Querías acotar algo Carlos?

Lic. Gatiessa (cruzándose de brazos y sin levantar la vista): No, no, para nada. Estaba pensando en voz alta nomás. Continua por favor...  

Lic. L'Acciotta (lo mira en silencio unos segundos con gesto de impaciencia. Vuelve a mirar a la cámara): Bien... Decíamos que la infid...

Lic. Gatiessa (murmurando): Además parece que acá la única que puede hablar sos vos... 

La Lic. L'Acciotta hace silencio de golpe y mira para arriba mordiéndose el labio inferior mientras da un profundo suspiro. Luego se recompone y prosigue.

Lic. L'Acciotta (sonríe nuevamente haciendo como que no pasa nada): En fin... Considerando entonces la importancia que este tema reviste y para tratarlo bien en profundidad, tenemos hoy el inmenso agrado de recibir como invitado en nuestro programa a un prestigioso profesional del psicoanálisis que lleva años especializándose en temas relacionados con la pareja, y que es autor de numerosos ensayos al respecto, como los reconocidos "Dos mas uno, quilombo seguro" y "Te juro que esto no es lo que parece" y que, además, es un viejo y querido conocido nuestro, el Licenciado Juan Talarga. Para nosotros, Juancho. Adelante por favor... (aplaude efusivamente muy sonriente).

Desde un costado ingresa el Lic. Talarga, con paso seguro y una sonrisita ganadora. Saluda al Lic. Gatiessa con un rápido apretón de manos seguido de una amistosa palmadita en el hombro. Acto seguido se acerca a la Lic. L'Acciotta que lo recibe con los brazos extendidos y mostrándose, quizás, excesivamente contenta. El Lic. Talarga la besa en la mejilla y ambos se funden en un fuerte y largo abrazo. Muy largo. El Lic. Gatiessa los observa con una ligera sonrisa de cortesía pero como no entendiendo del todo la escena. Los otros dos siguen abrazados y ya medio que se empiezan a franelear ligeramente las espaldas mutuamente como si estuvieran bailando un lento. Lo extenso del abrazo ya empieza a rozar lo incómodo. El Lic. Gatiessa mira su reloj, mira atrás de cámaras señalando a los otros dos con un movimiento de cabeza y hace montoncito con la mano como buscando que alguien le aclare que onda. Vuelve a mirar a sus colegas con gesto muy serio. En un momento la Lic. L'Acciotta y el Lic. Talarga se separan un poco y se miran con mucho afecto, especialmente ella. Creyendo que ya finalizó el saludo, el Lic. Gatiessa se relaja un poco, vuelve a sonreir meneando levemente la cabeza como diciendo "Ay que locos estos dos", y amaga con ir a senterse. La Lic. L'Acciotta dice "Tanto tieeeempo Jaunchiii...." y retoman el abrazo. El Lic. Getiessa se vuelve de golpe y abriendo los ojos como el dos de oro. Mira atrás de cámaras. Los mira a ellos. Mira atrás de cámaras. Los mira a ellos de nuevo. Se lo ve algo nervioso.

Lic. Gatiessa (dando un par de aplausos fuertes y con evidente gesto de impaciencia): ¡Bueno bueno! ¡Vamos que se nos va el programa eh!.

Lic. L'Acciotta (soltando a Talarga de golpe): Uy, si... perdón (carraspea un poquito. Se acomoda el pelo. Está un poco colorada)... Eeehhhmmm... tomemos asiento por favor...

Los profesionales se dirigen hacia los sillones. 
Hay dos dispuestos uno al lado del otro, que corresponden a los conductores del programa, y otro un poco mas apartado y ligeamente enfrentado, que es para el invitado. 
El Lic. Talarga con muy poco disimulo apura el paso y se manda de una a sentarse en el sillón de al lado de la Lic. L'Acciotta. 
El Lic. Gatiessa queda parado a medio camino mirándolo fijo y con cara de pocos amigos. 
La Lic. L'Acciotta, ya ubicada en su sitio, mira a su marido muy seria y apretando un poco los labios con gesto de que no sea chiquilín y se siente en el otro sillón. El Lic. Gatiessa pone cara de orto y se sienta de mala gana en el sillón que queda, sin dejar de mirar fijamente a su atrevido colega.

La Lic. L'Acciotta se cruza de piernas, se acomoda el pelo, inclina ligeramente su cuerpo hacia donde está el Lic. Talarga y lo mira sin dejar de sonreirle.
El Lic. Talarga le devuelve la mirada y la sonrisa.
Ambos se quedan asi en silencio un ratito, medio colgados.
El Lic. Gatiessa los observa atentamente, evidentemente molesto.

Lic. Gatiessa (exagerando): ¡¡Ejem!! ¡¡Cof cof!!

Lic. L'Acciotta (sobresaltada): Ah, si ... eehhhmmm... Bueno, ante todo bienvenido Juan y gracias por acompañarnos.

Lic. Talarga (poniendo voz de locutor): No, por favor Titi. Para mi es un placer estar acá...

Lic. Gatiessa (arqueando mucho las cejas): ¡¡¿¿Titi??!!

Lic. L'Acciotta (sonriendo nerviosamente): Ah... si... jeje... no... Lo que pasa es que cuando estudiábamos juntos en la facultad me decían así... ¿No te acordás? ... eeehhhmmm... jeje... ay que momento... Bueno, bueno, pero no nos distraigamos del tema que sino el progr...

Lic. Gatiessa (inclinándose ligeramente hacia adelante y con voz grave): No, la verdad que no me acuerdo. De hecho cursamos casi toda la carrera juntos y jamás escuché que te llamaran así (Se queda mirándola fijamente).

Lic. L'Acciotta (mirándolo por un segundo y luego bajando la vista): Bueno Carlos, por favor, fue hace mucho... ¿Podemos seguir con el programa?

Lic. Gatiessa (recostándose lentamente en el sillón, entrecruzando las manos frente al mentón y mirándola con los ojos entrecerrados): Si... claro.... 

Lic. L'Acciotta (prosigue visiblemente incómoda): Bueno, entonces...

Lic. Gatiessa (murmurando en tono muy grave y con cara de orto): ... Titi...

Lic. L'Acciotta (clavándole la mirada y levantando un poco la voz): ¡Carlos, por favor!...

El Lic. Gatiessa hace un gesto con las manos como diciendo "Ok, ok, la corto", luego se cruza de brazos y se queda mirandola en silencio.

Lic. L'Acciotta (dirigiéndose muy formalmente al Lic. Talarga): Bien... (respira hondo como para calmarse y esboza una ligera sonrisa)... Contame Juan, de acuerdo a tu vasta experiencia ¿Como definirías la infidelidad?

Lic. Talarga (apoyando los codos en los apoyabrazos del sillón, entrecruzando las manos frente a su pecho y poniendo cara de entendido):  Bueno Tit...(mira de reojo a Gatiessa que lo está mirando fijo)... Ejem... Etelvina..., lo que en nuestra sociedad y en muchas otras se define como infidelidad, es en realidad una construcción que encuentra su fundamento o su razón de ser en pautas que claramente se rigen por principios culturales y/o religiosos, los cuales le otorgan a la propensión a tener distintas parejas sexuales una carga decididamente negativa.
Sin embargo, desde un punto de vista estrictamente antropológico, el ser humano, como especie, es indudablemente polígamo y por lo tanto, en ese sentido, podríamos decir que la infidelidad, no existiría.

Lic. Gatiessa (prácticamente hablándole encima y con un tono algo elevado): Pero, por supuesto, como vivimos en sociedad, y hay reglas, y códigos, y cosas que no se hacen, porque, repito, HAY CODIGOS, la infidelidad existe y es algo que está bastante mal ¿no? Digo, sobre todo en el caso en el que alguna de las partes involucradas tiene conocimiento fehaciente de que la otra parte está en una relación de pareja desde hace mucho tiempo ¿o no?

Lic. Talarga (tocándose nerviosamente el nudo de la corbata): Eehh si claro, por sup...

Lic. L'Acciotta (interrumpiendo): Bueno Carlos, eso de que "está mal" es una valoración personal tuya. Al fin y al cabo ¿que está mal y que está bien? Cada caso es único ¿verdad Juancho?

Lic. Talarga (empieza a verse algo incomodo): Si, si, obviamente. Indudablemente las relac...

Lic. Gatiessa (hablándole encima otra vez y medio como levantando temperatura): ¡No, no, ma que valoración personal! ¡Está mal y está mal! ¡Si una mujer se le regala a un tipo así ni bien lo ve, por mas que, que se yo, ponele, lo conozca desde hace tiempo o algo asi, está mal! ¡Muy mal! ¡¡Pésimo!! ¡Es una turrada de cuarta y ella, valga la redundancia, es una flor de turra!

Lic. L'Acciotta (ofuscada): ¡Disculpame Carlos pero disiento absolutamente con tu punto de vista! ¡Si la parte femenina eventuaaaaaalmente llegaaaaara a cometer una infidelidad, probablemente sería debido a que se encuentra en una relación en la que ya no recibe la satisfacción esperada, y por ello, se ve impulsada, casi diría, obligada, pobre mujer, a buscar afuera lo que no recibe adentro!

Lic. Gatiessa (inclinándose violentamente hacia adelante y rojo de furia): ¡¿¡Que pobre mujer ni pobre mujer!?! ¡¡Pero haceme el favor Etelvina!! Siempre con la misma cantinela de que la mujer es una pobre víctima de las circunstancias y no tiene la culpa de nada ¡¡Pero porrrr favor!! ¡Si la parte femenina se garca en todo y vuela en palomita arriba de la primer bragueta que se le cruza, lisa y llanamente es una atorranta barata y bombacha floja!

Lic. L'Acciotta (muy enojada): ¡Pero será posible Carlos! ¡Vos siempre con esos argumentos asquerosamente machistas y retrógrados! ¡Por supuesto que una mujer im-pul-sa-da a cometer una infidelidad es una víctima de las circunstancias! Por ahí si su pareja fuera mas atenta y se preocupara mas por satisfacerla como corresponde en todos los sentidos, ella no tendría ningún motivo para ser infiel. ¡Eso es obvio!

Lic. Gatiessa (recostándose y haciendo un gesto como sobrando): ¡Pffffffffff! Seeeee, no me digas... Haceme el favor y dejá de tratar de justificar lo injustificable (pone vocecita) "Titi". ¡Acá lo único obvio es que una mina es infiel porque se le calienta la chucha! ¡Punto! ¡Y cuando a la parte femenina se le calienta la chucha, evidentemente le importa tres velines todo porque lo único que se le mete entre ceja y ceja son sus ansias de poron...

Lic. L'Acciotta (interrumpe casi gritando): ¡Ah si claro, porque la parte masculina tiene muchos reparos a la hora de ser infiel y engañar asquerosamente a la pobre mujer que sacrificadamente lo viene soportando hace años! ¡Y encima, como bien se sabe, el hombre lo hace porque si, por deporte y para sentirse un macho alfa ganador de aquellos siendo que, en realidad, no es mas que un pobre ridículo con serios problemitas de inseguridad sexual!

El Lic Talarga los mira en silencio, moviéndose apenas para acomodarse en el sillón. Se lo nota muy incómodo. Casi un poco asustado.

Lic. Gatiessa (exagerando un gesto como de sorpresa): ¡Ah! ¿Pero como? ¿Entonces, según vos, la parte femenina engaña porque es una víctima que lo necesita, pero la parte masculina engaña porque es un ingrato y un asqueroso? Mirá vos che... Disculpame pero, a mi humilde entender, me parece que medís las cosas con distintas varas ¿Vos que opinás (pone vocecita de nuevo y la acompaña con una gesto burlón como si fuera un nene de seis años) "Juanchi"?

Lic. Talarga (dudando unos segundos si le conviene intervenir): Bueno .... Eeehhh, en mi opin...

Lic. L'Acciotta (en voz alta pero sin hacer contacto visual con su marido): ... Ojalá tuviera distintas "varas". Si mido mal las cosas debe ser porque hace tiempo que lo único que puedo usar es una "varita" que no sirve para nada...

Lic. Talarga (mirando de repente a Gatiessa y esbozando una leve sonrisa burlona): ¡Uuuhh!

Lic. Gatiessa (inclinándose de golpe hacia adelante y quedando sentado apenas en el borde del sillón): ¡No empecés eh! ¡Siempre igual vos! ¡Te quedás corta de agrumentos y recurrís a la chicana barata! (mira fugazmente de reojo a la cámara).... ¡y además mentirosa y falaz!....

Lic. L'Acciotta (mirando para el costado y arqueando las cejas): Mirá quien habla de "argumentos cortos"...

Lic. Talarga: je je je je

Lic. Gatiessa (lo mira furioso): ¡¿Y vos que le festejás mamerto?!

Lic. Talarga (intentando sin mucho éxito disimular una sonrisa): Bueno, pará un poco... tranquilizate man... fue un chist...

Lic. Gatiessa (ya un poco sacado): ¡¡Ma que tranquilizate ni tranquilizate!! (Se toma la entrepierna) ¡¡¡Essssta tranquilizate!!!

Lic. L'Acciotta (hablando sola pero en voz bien alta y con tono de burla): ¡Uhhh esa está tranquila hace años! Para mi que falleció.... (se ríe sola).

Lic. Talarga: Pfffffff jaaa ja ja ja jaaaa

Lic. Gatiessa (mirando a su esposa cada vez mas sacado): ¡¡Por que no dejás de acotar estupideces vos, bombacha veloz!! ¡Si falleció será porque se suicidó después de la última vez que te vió en pelotas!

Lic. L'Acciotta (lo mira meneando la cabeza, con los ojos un poco entrecerrados y apretando los dientes): ...¡Que orrrrrrrdinario que sos!...

Lic. Talarga (interviene utilizando el antiquísimo método de ponerse del lado de la mina únicamente para quedar bien y aparentar ser un caballero al que le interesa el bienestar de la susodicha aunque, en realidad, le importa tres carajos lo que está pasando y lo único que quiere es ver si se la puede levantar): Bueno, en serio, basta Charly, me parece que ya te estás zarpando un poco...

Lic. Gatiessa (haciéndole montoncitos violentamente con ambas manos y mirándolo con los ojos inyectados en sangre) ¡¡Pero que Charly ni Charly, traidor miserable!! ¿¡Que te pensás!? ¿¡Que no te saqué la ficha de que venís acá a hacerte el patas de lana!? ¡¡Gil!! 

Lic. Talarga (algo sorprendido): Pará loco ¿Que decís? Nada que ver... Calmate...

Lic. Gatiessa (enervado, muy colorado y con las venas de las sienes inflamadas): ¡¡No me calmo nada!! ¡¡Traidor!! ¡¡Judas!! ¡¡Buitre!!

Lic. Talarga (poniéndose muy serio de repente): ¿Pero que te pasa "cornalito"? Pará un poco eh...

Lic. Gatiessa (parándose de golpe, furioso, y medio yéndosele encima): ¡¿Que dijiste?!

Lic. Talarga (también poniéndose de pie y con cara de malo): ¿¡Que te pasa pancho!? ¿Querés pelear?

Lic. L'Acciotta (también poniéndose de pie): ¡Chicos por favor, estamos al aire!... ¡Esto es un papelón!...

El Lic. Gatiessa y el Lic. Talarga se ponen cara a cara, diciéndose cosas medio bajito, y dándose pequeños empujoncitos.
En un momento el Lic. Gatiessa se saca el saco, lo tira sobre el silón, y empieza a moverse dando unos saltitos ridículos con sus puños alzados en guardia, seguidos por unos movimientos de cintura bastante patéticos, mientras lo mira al otro con los ojos muiy abiertos y cara de loco.
El Lic. Talarga responde haciendo unas posiciones como de película de kung fu pero muy mal hechas, y las remata haciendo la "Grulla" muy grotescamente.
Ambos se torean, se dicen cosas y se amagan, pero no se tocan.
Se nota que ninguno de los dos tiró una piña en su perra vida.

La Lic. L'Acciotta los mira y se cubre la cara con las manos, bastante avergonzada. 

Luego de unos segundos se recompone un poco, se acomoda el pelo, un poco la ropa, y se ubica varios pasos por delante de los otros dos payasos, que siguen dele amagarse.

Lic. L'Acciotta (mirando a cámara y sonriendo como si nada pasara): Bueno, lamentablemente se nos acabó el programa por hoy pero, indudablemente, seguiremos tratando este tema en alguna de las próximas emisiones ya que, evidentemente, aún queda mucho por conversar ¿Verdad?
Muchas gracias por acompañarnos, y les recuerdo que pueden enviarnos sus cosultas al mail del programa y nosotros con mucho gusto intentaremos responderlas o tratarlas al aire.
Y ahora sí, me despido, y nos vemos en el próximo programa.

Hasta entonces ... ¡Chau! (hace un ligero "chau" con la mano, mira a sus colegas, menea la cabeza, y se retira cabizbaja).

(Las luces del estudio comienzan a bajar lentamente, mientras va subiendo la música.
Con el estudio ya completamente en penumbras, aún se siguen distinguiendo las siluetas de los licenciados Gatiessa y Talarga que siguen ahi, solos, haciéndose toda clase de amagues).

Un ínfimo mosquito

And I'm hovering like a fly...
Fly on a windshied 
Album: The lamb lies down on Broadway (1974)
Genesis


No es más que un mosquito, un ínfimo y diminuto parásito dotado de alas. No tiene otra pretensión que alimentarse de tu sangre -o la de cualquier otro- evitando que el manotazo lo aplaste. Y sin embargo, mirado desde otro punto de vista es una máquina prodigiosa. Empezando por sus ojos compuestos que ocupan la mayor parte de su cara, incapaces de percibir detalles pero perfectamente adaptados a percibir lo que para el mosquito es importante, esto es, un movimiento rápido en un radio de unos pocos centímetros. Esto le permite reaccionar con velocidad ante un peligro, provenga de donde provenga. Pasando por su boca, un ingenio asombroso que permite perforar tu piel sin que casi lo notes, su saliva, que aplica a la herida un anticoagulante para que tu sangre siga fluyendo mientras succiona - sí es un poco repugnante, pero yo me refiero a  la eficiencia del diseño- sus largas antenas-sensores que le permiten, al mosquito, detectar a grandes distancias el olor corporal, el dióxido de carbono, el calor y la humedad que emite el huésped, y sus alas que le permiten seguir estos estímulos contra el viento hasta localizarlo para reparar finalmente en esas patas engañosamente frágiles, perfectas para posarse sin ser detectados sobre la piel de la víctima hasta que ya es tarde.
Sí, claro que pueden hacerse muchas analogías con esto, no sería la gran novedad. Le quitamos las alas y es un jefe explotador, una amante por interés, un socio inescrupuloso…Un parásito muy bien adaptado a su entorno.
Salvo el detalle que al mosquito con un aplauso lo dejás aplastado, roto, deshecho. Tal como hace el tiempo con todos nosotros.

Bigudia: Swami



Acápite: Curiosos sucesos entre la miseria y la fantasía que suelen tener lugar en mi universo propio, al cual he dado en llamar Bigudia.





Swami

El hombre, parado encima de un banquito de madera cuyas patas se entierran desparejas en el césped según cómo distribuye su peso mientras habla, habla. Habla de Dios, de amor, de paz, de armonía, de sacrificio, del prójimo, de la sencillez en la vida cotidiana. Habla de caridad, de felicidad, de amistad, de sinceridad, de piedad. Habla de muchas cosas y de nada. Habla en el parque. Habla para poca gente.

Tiene un aspecto jesucrístico, si es que tal palabra existe en la lengua castellana. Quiero decir, tiene el pelo largo, barba tupida y va vestido con una sábana blanca de manga larga, si es que tal atuendo se cataloga con esos términos en los altos círculos de la moda mundial. Lo cierto es que su figura prócer irradia misticismo, y por ello son catorce personas (incluyendo a este humilde servidor) las que lo escuchan atentas en esta helada mañana de domingo que nos regala la ciudad de Buenos Aires.

Me gustan mucho los predicadores, no sé si lo dije alguna vez en este espacio colectivo. Sí lo hice en el mío propio, de eso estoy seguro. Valoro ese aire teatral que suelen imprimir a la faena, esa ampulosidad gestual, esa voluntad de captación implícita en la mirada.

No es predicador, es swami. Esto no lo digo yo, lo dice en mi oído una señora que acaba de sumarse, elevando el auditorio a una más que respetable quincena. Debo haber pronunciado el último párrafo en voz alta, de otro modo no me explico la corrección. Es que muchas veces, sin darme cuenta, hablo lo que debería estar pensando, y otras tantas pienso lo que debería estar hablando. Ese es un inconveniente que bien podría solucionar el bendito swami si llegado el caso de que me concediera un minuto de su preciada atención para el planteo del mismo, lograra yo pronunciar alguna frase en vez de pensarla.

Un swami, según me ilustra la recién llegada mientras la odio secretamente por interrumpir la flotación de mi mente, es una suerte de gurú. Un maestro espiritual cuyo cimiento último puede ser tanto religioso como filosófico. En rigor de verdad es un título honorario que se otorga a algunos de estos maestros en base a una serie de méritos vagamente definibles. En cualquier caso da lo mismo, el asunto es que el peludo del banquito es un swami y no un predicador, y tomada debida nota de esta aclaración va siendo hora de continuar con mi exposición.

Transcurridos unos quince minutos nuestro maestro culmina su arenga, basada fundamentalmente en nociones de sentido común. Se baja del banquito, hace una reverencia, bendice a los presentes y se retira a paso lento aunque no exento de firmeza.

Prosigo mi camino meditando sobre las enseñanzas que acabo de recibir y me detengo en una especie de mercado persa que usurpa un lateral entero del parque. Ese era mi destino inicial, ya que mi hija me ha encomendado la noble tarea de conseguir algunos juegos para la playstation. La idea es terminar rápido para poder mirar un rato las maratónicas partidas de ajedrez que se desarrollan en las mesas ubicadas bajo los árboles más frondosos. Necesito distraer la mente de todos esos problemas que permanecen inmunes a las sabias palabras del gurú.

Me gusta mucho el ajedrez, no sé si lo dije alguna vez en este espacio colectivo. Sí lo hice en el mío propio, de eso estoy seguro.

¡Ey, swami!, grita uno que va de estatua viviente mientras señala un tablero dispuesto en la única mesa vacante bajo los árboles. El swami, a quien yo ya hacía en plena meditación en algún templo de la zona, está en realidad orinando contra el muro que marca el límite entre el parque y el colegio vecino. El líquido se desparrama al pie de una pintada que expresa una de esas tantas verdades materiales que suelen escaparse de las mentes más prodigiosas: Ferro capo del oeste.

Oída la propuesta nuestro maestro vuelve el rostro en dirección al emisor y responde con la claridad y sencillez que su título honorario anticipa: Voy.

Y concluida la evacuación al pie de la frase célebre, tal la promesa verbalizada segundos antes, va. Con su sábana blanca casi inmaculada y el cabello recogido en tirante coleta para evitar cualquier perjuicio a su próximo desenvolvimiento en el campo de batalla.

La partida se desarrolla con la parsimonia habitual en esta clase de eventos. El swami fuma uno tras otro unos cigarros cuya forma, tamaño y textura poseen el sello inconfundible de la elaboración casera. Del mentón de la estatua viviente chorrean pequeñas gotitas blancas que van formando un charco sobre la mesa. De tanto en tanto piezas más o menos vitales de ambos bandos abandonan el tablero sin que sus dueños expresen remordimiento alguno. El swami, al comando del ejército negro, parece mejor asentado, aunque esta no es más que una tibia apreciación de este humilde aficionado.

De pronto la estatua, ya con el rostro color piel a causa de la pérdida de líquidos corporales, pronuncia la sentencia que todos hemos estado esperando: Mate en tres.

Observo el tablero y confirmo el acierto de sus palabras. En efecto, va a perder en tres jugadas. Irremediablemente. El swami sonríe satisfecho, aunque parece dudar sobre la forma de poner en marcha la ejecución de semejante vaticinio. Y en esas andamos cuando comienzan a oírse gritos que llegan desde el corazón del parque. A lo lejos se distingue a una señora que forcejea sin mucho éxito con un arrebatador para conservar la propiedad de su cartera.

En un abrir y cerrar de ojos los dos jugadores saltan de sus asientos y se lanzan en una desenfrenada carrera hacia el lugar de los hechos. Serán unos cuarenta o cincuenta metros, no más.

El arrebatador percibe el peligro, arroja la cartera al suelo y ensaya una huída que se ve entorpecida por tener a la valiente señora enroscada en su pierna derecha mordiéndole la pantorrilla.

El swami y la estatua detienen la carrera unos metros antes de llegar al ovillo humano conformado por el caco y su víctima caníbal. Para ser exacto, se detienen a la altura de la cartera. Juntan con notable eficiencia los objetos desparramados en el suelo, se dan media vuelta y reanudan la marcha a la misma velocidad que traían, pero en sentido contrario. Al llegar de nuevo a la mesa el maestro manotea sus cigarros sin detenerse con un ágil movimiento que involucra una torsión parcial de caderas y ambos ganan la calle en dirección a la boca del subterráneo.

A lo lejos se distingue cómo en la escena del hecho (me refiero al hecho primigenio) dos policías someten no sin dificultad a la encendida señora, a todas luces excedida en la defensa de sus pertenencias. No hay rastros del arrebatador.

Para mí era mate en cinco, acota un anciano que siguió el desarrollo de la partida, la tentativa de arrebato y su posterior concreción en cabeza de Anatoli Karpov y su secuaz con la misma atención que yo.

Para mí en cuatro, respondo mientras ejecuto las maniobras pertinentes sobre el tablero sin dueño.

Aunque mirado el asunto en retrospectiva, una reflexión más profunda sería que les bastaron solo dos movimientos. Esto último lo pienso pero no lo hablo. Y no me doy cuenta. Es un inconveniente que tengo, no sé si lo dije alguna vez en este espacio colectivo. Sí lo hice en mío propio, de eso estoy seguro.


Tengan ustedes muy buenas noches.