Bigudia: Swami



Acápite: Curiosos sucesos entre la miseria y la fantasía que suelen tener lugar en mi universo propio, al cual he dado en llamar Bigudia.





Swami

El hombre, parado encima de un banquito de madera cuyas patas se entierran desparejas en el césped según cómo distribuye su peso mientras habla, habla. Habla de Dios, de amor, de paz, de armonía, de sacrificio, del prójimo, de la sencillez en la vida cotidiana. Habla de caridad, de felicidad, de amistad, de sinceridad, de piedad. Habla de muchas cosas y de nada. Habla en el parque. Habla para poca gente.

Tiene un aspecto jesucrístico, si es que tal palabra existe en la lengua castellana. Quiero decir, tiene el pelo largo, barba tupida y va vestido con una sábana blanca de manga larga, si es que tal atuendo se cataloga con esos términos en los altos círculos de la moda mundial. Lo cierto es que su figura prócer irradia misticismo, y por ello son catorce personas (incluyendo a este humilde servidor) las que lo escuchan atentas en esta helada mañana de domingo que nos regala la ciudad de Buenos Aires.

Me gustan mucho los predicadores, no sé si lo dije alguna vez en este espacio colectivo. Sí lo hice en el mío propio, de eso estoy seguro. Valoro ese aire teatral que suelen imprimir a la faena, esa ampulosidad gestual, esa voluntad de captación implícita en la mirada.

No es predicador, es swami. Esto no lo digo yo, lo dice en mi oído una señora que acaba de sumarse, elevando el auditorio a una más que respetable quincena. Debo haber pronunciado el último párrafo en voz alta, de otro modo no me explico la corrección. Es que muchas veces, sin darme cuenta, hablo lo que debería estar pensando, y otras tantas pienso lo que debería estar hablando. Ese es un inconveniente que bien podría solucionar el bendito swami si llegado el caso de que me concediera un minuto de su preciada atención para el planteo del mismo, lograra yo pronunciar alguna frase en vez de pensarla.

Un swami, según me ilustra la recién llegada mientras la odio secretamente por interrumpir la flotación de mi mente, es una suerte de gurú. Un maestro espiritual cuyo cimiento último puede ser tanto religioso como filosófico. En rigor de verdad es un título honorario que se otorga a algunos de estos maestros en base a una serie de méritos vagamente definibles. En cualquier caso da lo mismo, el asunto es que el peludo del banquito es un swami y no un predicador, y tomada debida nota de esta aclaración va siendo hora de continuar con mi exposición.

Transcurridos unos quince minutos nuestro maestro culmina su arenga, basada fundamentalmente en nociones de sentido común. Se baja del banquito, hace una reverencia, bendice a los presentes y se retira a paso lento aunque no exento de firmeza.

Prosigo mi camino meditando sobre las enseñanzas que acabo de recibir y me detengo en una especie de mercado persa que usurpa un lateral entero del parque. Ese era mi destino inicial, ya que mi hija me ha encomendado la noble tarea de conseguir algunos juegos para la playstation. La idea es terminar rápido para poder mirar un rato las maratónicas partidas de ajedrez que se desarrollan en las mesas ubicadas bajo los árboles más frondosos. Necesito distraer la mente de todos esos problemas que permanecen inmunes a las sabias palabras del gurú.

Me gusta mucho el ajedrez, no sé si lo dije alguna vez en este espacio colectivo. Sí lo hice en el mío propio, de eso estoy seguro.

¡Ey, swami!, grita uno que va de estatua viviente mientras señala un tablero dispuesto en la única mesa vacante bajo los árboles. El swami, a quien yo ya hacía en plena meditación en algún templo de la zona, está en realidad orinando contra el muro que marca el límite entre el parque y el colegio vecino. El líquido se desparrama al pie de una pintada que expresa una de esas tantas verdades materiales que suelen escaparse de las mentes más prodigiosas: Ferro capo del oeste.

Oída la propuesta nuestro maestro vuelve el rostro en dirección al emisor y responde con la claridad y sencillez que su título honorario anticipa: Voy.

Y concluida la evacuación al pie de la frase célebre, tal la promesa verbalizada segundos antes, va. Con su sábana blanca casi inmaculada y el cabello recogido en tirante coleta para evitar cualquier perjuicio a su próximo desenvolvimiento en el campo de batalla.

La partida se desarrolla con la parsimonia habitual en esta clase de eventos. El swami fuma uno tras otro unos cigarros cuya forma, tamaño y textura poseen el sello inconfundible de la elaboración casera. Del mentón de la estatua viviente chorrean pequeñas gotitas blancas que van formando un charco sobre la mesa. De tanto en tanto piezas más o menos vitales de ambos bandos abandonan el tablero sin que sus dueños expresen remordimiento alguno. El swami, al comando del ejército negro, parece mejor asentado, aunque esta no es más que una tibia apreciación de este humilde aficionado.

De pronto la estatua, ya con el rostro color piel a causa de la pérdida de líquidos corporales, pronuncia la sentencia que todos hemos estado esperando: Mate en tres.

Observo el tablero y confirmo el acierto de sus palabras. En efecto, va a perder en tres jugadas. Irremediablemente. El swami sonríe satisfecho, aunque parece dudar sobre la forma de poner en marcha la ejecución de semejante vaticinio. Y en esas andamos cuando comienzan a oírse gritos que llegan desde el corazón del parque. A lo lejos se distingue a una señora que forcejea sin mucho éxito con un arrebatador para conservar la propiedad de su cartera.

En un abrir y cerrar de ojos los dos jugadores saltan de sus asientos y se lanzan en una desenfrenada carrera hacia el lugar de los hechos. Serán unos cuarenta o cincuenta metros, no más.

El arrebatador percibe el peligro, arroja la cartera al suelo y ensaya una huída que se ve entorpecida por tener a la valiente señora enroscada en su pierna derecha mordiéndole la pantorrilla.

El swami y la estatua detienen la carrera unos metros antes de llegar al ovillo humano conformado por el caco y su víctima caníbal. Para ser exacto, se detienen a la altura de la cartera. Juntan con notable eficiencia los objetos desparramados en el suelo, se dan media vuelta y reanudan la marcha a la misma velocidad que traían, pero en sentido contrario. Al llegar de nuevo a la mesa el maestro manotea sus cigarros sin detenerse con un ágil movimiento que involucra una torsión parcial de caderas y ambos ganan la calle en dirección a la boca del subterráneo.

A lo lejos se distingue cómo en la escena del hecho (me refiero al hecho primigenio) dos policías someten no sin dificultad a la encendida señora, a todas luces excedida en la defensa de sus pertenencias. No hay rastros del arrebatador.

Para mí era mate en cinco, acota un anciano que siguió el desarrollo de la partida, la tentativa de arrebato y su posterior concreción en cabeza de Anatoli Karpov y su secuaz con la misma atención que yo.

Para mí en cuatro, respondo mientras ejecuto las maniobras pertinentes sobre el tablero sin dueño.

Aunque mirado el asunto en retrospectiva, una reflexión más profunda sería que les bastaron solo dos movimientos. Esto último lo pienso pero no lo hablo. Y no me doy cuenta. Es un inconveniente que tengo, no sé si lo dije alguna vez en este espacio colectivo. Sí lo hice en mío propio, de eso estoy seguro.


Tengan ustedes muy buenas noches.

13 comentarios:

Elvis Arsy dijo...

Nunca te fíes de un predicador. Ni mucho menos de un Swami aunque vaya vestido de blanco y sea un maestro del ajedrez. Es un dicho que yo cumplo sin miramientos. A partir de ahora, tampoco me fiaré de las estatuas humanas, están demasiado quietas...
Gran escrito. Abrazo.

Carugo dijo...

Señor Bigud:
Lo que no dijo el Swami en sus enseñanzas es que "A Dios rogando y con el mazo dando" y que "A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César."

Lo que sí dijo fue "Adios" y se tomó el palo con el botín.

Pdta: Conozco bien ese parque y esas mesas de ajedrez. He ido mil veces a comprar y vender cds de audio y juegos de play para mi hijo que, además, estudiaba guitarra en el Club Italiano.
Un abrazo!

A.Torrante dijo...

Como el texto tiene sus bemoles, el comentario intentará ser lo suficientemente encriptado para dar la apariencia que lo entendí. Swami me remonta a la canción Swanee, compuesta por Gershwin, en 10 minutos dice la leyenda - Wikipedia mediante. Pero he aquí mi notable contribución: a la canción la hizo famosa el cantante Al Jolson, que no debería confundirse con Don Johnson de Miami Vice, aunque justamente aquí está el hilo conductor: Al - de la etnia caucásica- se pintaba la cara de negro y en Miami Vice también luchaban contra el crimen un blanco y un negro. En fin - sé que tiene otras cosas en mente, el Clásico por ej. así que tómese su tiempo para responder. Abrazo!

Viejex dijo...

Bigud, lo aplaudo de pie. Leo y releo este texto y me enorgullezco de ser parte de este mismo colectivo, no se si lo dije alguna vez en este espacio, ni en el mio propio. Si estoy seguro de haberlo hecho en alguna conversación. O quizás lo pensé y no lo dije. En fin, cono dice Bugman: No somos dignos, no somos dignos

Nada que hacerle, nunca voy a entender a los que pueden beber té existiendo el café, ni a los que emplean su tiempo de ocio leyendo tuits, existiendo artículos como éste.

Briks dijo...

DÓNDE HAY CAFÉ ??

Maestro Lusamor Sol dijo...

Aahhh esos falsos gurúes que usufructúan el buen y sagrado nombre de la Luz en vano y para propio beneficio ¡Que falta de moral! ¡Que atropello a la sacralitud de la venerable misión de aquellos que de verdad vinimois al mundo a iluminarois a vosotros, pequeños ignorantes hijos de una grandísima Luz!
No os dejeis engañar por esos farsantes y acudid a un verdadero hijo de una gran Luz que en toda mi humilde magnificencia y sabiduría os iluminaré en el camino de la verdad mas verdadera.

Bendiciones y Luz para vosotros, hermanos y hermanas, y la revenrendísima Luz que los parió.

Yoni Bigud dijo...

Elvis: Yo no me fío del que vende jueguitos en el parque. La mitad no funciona.

Señor Carugo: Se me antoja que 'Adiós' también es una frase célebre.
En efecto hablamos del mismo parque, y la pintada existía en una época lejana. Ya no.

Ato: Me deja mudo. Un comentario bastante estrambótico. Original.No sé, se me hace que está usted diciendo lo que debiera estar pensando.

Señor Viejex: Es que yo no soy un producto masivo. Soy como el swami pero en las letras, nunca supero la quincena. Usted me sobrevalora :) Muchas gracias a usté.

Señor Briks: Qué sé yo. Yo solo tengo whisky.

Maestro: Hijo de una gran luz. Puedo dar fe de que usted no es un charlatán.


Un saludo.

laura dijo...

y le di clic, obvio. Le confieso que prefiero leerlo en su blog, no me pregunte el motivo, pero es la verdad

swami, será q tengo hambre mi primera leída detectó sushi en vez de swami, pero bueno

y yo le hago compañía con un "caminante", ya sabe. Cualq cosa me chifla

un abrazo

Anónimo dijo...

Tengo que decir que también prefiero leerlo en su blog. Aunque letras negras sobre blanco garpa como loco. Yo que sé, pienseló.

Gran, gran escrito. Uno de sus mejores mire usté. La historia tiene algo de dantesco. Ud. da alas para luego cortarlas. Yo pensando que la estatua y el swami estaban por convertirse en héroes, y en dos palabras terminaron siendo ladrones.

Saludos.

Rob K dijo...

Textos como este son el mejor equivalente literario al Zugzwang ajedrecístico: no pueden dejar de leerse.

También yo tengo recuerdos de haber delinquido en ese parque: robé una revista "picante" - aclaro, picante para la época, ni desnudos tenía - que no me atrevía a comprar. Confío en que nadie me la reclame, porque la he perdido.

Salud, Bigud.

Yoni Bigud dijo...

Laura: Bien ahí. Muchas gracias a usté.

Anónimo: Así las cosas. Del héroe al villano hay menos de un paso. Muchas gracias a usté.

Rob K: Todos hemos realizado similares tropelías en ese sitio, por lo visto. Muchas gracias a usté.


Un saludo.

Dany dijo...

"nuestro maestro culmina su arenga, basada fundamentalmente en nociones de sentido común....."

Con esa frase se ganó mi aplauso.

Yo no cometí tropelías en ese parque no por falta de entusiasmo sino por la distancia.

Gran abrazo, YB.

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