
Tengan un excelente final de 2010 y un maravilloso comienzo de 2011.
Columna de enseñanzas espirituales para la Nueva Era.
Acápite: Fin de año. Confesión grupal. Los porotos de Del Río. La semilla de la malicia. Impunidad. Su turno.
Hemos llegado a fin de año. Arrastrándonos pero llegamos, y eso es lo único que importa en este momento. Es cierto que podríamos preguntarnos por qué al Señor Briks le dieron un gorrito de Papanuél para posar en la foto que acompaña su artículo del viernes pasado, aunque no es menos cierta nuestra firme decisión de ignorar la afrenta. Tengamos la fiesta en paz. Nosotros seremos miserables, nunca se nos cruzó por la cabeza la idea de negar esa condición, pero no somos rencorosos. Si alguna vez pensáramos armar un escándalo en la administración del blog, el mismo jamás se basaría en un simple gorrito navideño. Nosotros solo iniciamos revoluciones que puedan conducirnos al poder absoluto.
En fin, supongo que con una queja por escrito será suficiente.
Decía entonces que hemos llegado a fin de año, y que estuve pensando que sería maravilloso despedirlo con la confesión grupal de algún acto miserable llevado a cabo en un pasado inmediato, mediato o incluso remoto.
Bueno, esto último no lo había dicho, pero lo digo ahora. Qué tanto. Me parece que hemos visto demasiada teoría de la miseria humana y, queriéndolo o no, dejamos de lado el ejemplo práctico, el pergamino que revalida nuestra pertenencia a este selecto club.
¿Cómo qué club?
Oiga, usted además de miserable es bastante corto de entendederas eh. Seguramente no va a ser capaz de confesarme ninguna tropelía que haya quedado impune, y me va a arruinar el ejercicio colectivo.
En fin… no se preocupe. Empiezo yo, así que va a tener algunos minutos para hacer memoria, o en su defecto para inventar alguna canallada con final feliz.
Por ahora limítese a leer, y de paso trate de aprender algo.
Confesión:
¡SÍ, FUI YO EL QUE SE ECHÓ UNA SOBERANA MEADA EN EL FRASCO DE POROTOS GERMINADOS DE DEL RÍO!
Y también fui yo el que sacudió las gotitas sobre el cuaderno de comunicaciones de Daniela Sánchez, aunque esto fue solo un hecho accesorio ocasionado –quizás- por el frenesí de malicia que acababa de experimentar. No creo que pueda juzgarse una y otra actitud con la misma severidad.
Año 1983. Este simpático infante cuenta con un permiso de evacuación otorgado en plena clase de matemáticas por su maestra de cuarto grado. Sin embargo, camino al baño de varones nota que el aula de quinto grado se encuentra desierta. Los niños tienen clase de gimnasia, y están en el campo de deportes. Él lo sabe, se da cuenta, y por lo tanto no logra contener el impulso de realizar una rápida inspección del lugar.
Reina en el recinto un absoluto silencio. Desierto el escritorio de la maestra. Inundado de letras y números el pizarrón. Repletos los pupitres de cuadernos y cartucheras que aguardan un pronto regreso de sus propietarios. Y en el alféizar de la ventana, al calor del sol primaveral, una treintena de frascos.
El mocoso se arrima –aún- sin ninguna intención de perjudicar al prójimo. El interior de cada frasco contiene un algodón húmedo rodeado por un papel secante que comprime contra el vidrio un puñado de porotos a medio germinar. Y todos (me refiero a los frascos, no a los porotos) tienen pegada una etiqueta con el nombre del dueño.
Los brotes en el frasco de Del Río se alzan vigorosos. No así los de sus compañeros. Compite quizás el frasco de Corti, pero sin demasiada convicción. El resto está del todo fuera de la discusión. Son plantas raquíticas y timoratas que muy probablemente jamás superen la boca del recipiente.
Este inocente borrego concibe una idea. Un plan de acción. Y no lo medita. Procede con una sangre fría de la que solo tomará conciencia varios años más tarde.
¿Te enteraste?
¿De qué?
Los de quinto están sin recreo hasta que la seño sepa quién hizo pis en el frasco de porotos de Del Río.
Oh.
Nada se dice, sin embargo, sobre el cuaderno de comunicaciones de Daniela Sánchez. Algo es algo.
Ahora los recreos de quinto grado dependen enteramente de la conciencia del incontinente, pero la misma se encuentra maniatada y amordazada en algún recóndito compartimiento de su mente. Su perversa mente.
No hay testigos. No será necesario comprar silencios, y su reputación lo exime de toda sospecha. Es un pequeño de los que hay pocos. Tímido, silencioso, respetuoso, aplicado. Un encanto de nene.
Su conciencia por fin resuelve los complejos lazos que la mantenían cautiva, pero ya es demasiado tarde. El incidente compromete ahora el interés de las máximas autoridades, y él intuye sobradamente el concepto de impunidad. No conoce la palabra, sería incapaz de deletrearla, pero ya sabe que está hacia el norte. Su norte. Si de él dependiera –y depende- podrían expulsar a las tres divisiones de quinto grado, y aun así no diría esta boca es mía.
Han transcurrido más de diez días desde el atentado. Un Del Río abatido observa su nuevo frasco con cuatro porotos blanquísimos y rezagados. Este simpático infante presume que los anteriores habrán fallecido, o a lo sumo habrán sido sacrificados por la maestra. En el fondo da lo mismo.
Mientras tanto un Corti orgulloso celebra el triunfo de su planta.
Y un miserable de ley contempla el primer brote de la semilla de su malicia. Una semilla peligrosa. No le gustan los otros brotes, eso está bastante claro.
Tal vez por eso haya decidido mear a la competencia.
¿Quién podría culparla?
Ahora me dispongo a escuchar un buen número de confesiones horrendas.
Espero que estén a la altura y revaliden con creces su pertenencia a este selecto club.
¿Cómo qué club?
Ay Dios mío…
Basta de cháchara. Las mejores anécdotas serán relatadas –siempre desde mi óptica- en sucesivas entregas.
Confío en ustedes.
Tengan ustedes muy buenas noches.
Primer programa de cocina emitido por escrito.